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. «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo (...) que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz.» Allen Ginsberg
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«Las sábanas rezuman otras vidas y otros cuerpos mientras el amanecer trae nueva jornada de adicción y desvelo»
Las noches en la casona le parecían menos frías… pero no era debido a la temperatura primaveral que se dejaba sentir los últimos días e inundaba los rincones polvorientos de aquella vieja propiedad, sino que los encuentros con las mujeres del campamento le daban a Nicolás certeza de que ya no estaba tan solo en ese barrio abandonado y que no era el último habitante del final de la calle Arturo Prat.
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Nicolás había vuelto a los malos hábitos de antaño, a compartir con Emilio aquella sustancia que recorría sus venas y los ponía más allá de este mundo, más allá del bien y del mal de esta desdibujada sociedad, más allá de este mundo habitado por desclasados del stablismen social. Más allá, siempre más allá...
Así transcurría cada noche de jam session liderada por Emilio, mientras Susana dejaba su refugio plástico para visitar antiguos clientes y, a cambio de efímero placer, volver con el dinero que terminaba en los bolsillos del dealer de turno, aquel mercader que sostenía las noches de inspiración sobre el escenario. En el fondo, ella no sabía si lo amaba, odiaba, o simplemente estaba acostumbrada a su presente ausencia. Intuía que necesitaba protegerlo para protegerse a sí misma.
En el departamento, los dos músicos se emborracharon con un par de botellas de ron y luego se inyectaron la dosis diaria de heroína, a pesar de que no subirían al escenario durante a lo menos un par de jornadas. Luego se recostaron sobre la cama (la única que había en aquel lugar) mientras divagaban sobre el último fraseo de la noche anterior y, a pesar de lo taciturnos y extrañamente ensimismados que ambos se encontraban aquella noche, recordaron las fuertes disputas que había provocado en ellos la llegada a sus vidas de “Sussy”, nombre con que era conocida en el ambiente aquella prostituta premium de gustos refinados y conducta bisexual, que conquistó a ambos la noche que la conocieron en el “Blue Blues” en medio de una jam session memorable, cuando ellos eran cara y cruz de la misma moneda dionisíaca.
Emilio sabía que Nicolás Poeta Maldito -ni siquiera como un cliente más- nunca había llegado a poseerla, y hacía gala morbosa ante él de ser el único dueño del culo de Susana, que el sexo anal estaba vedado para clientes y que para él era su exclusividad de amante permanente, disfrutando sodomizarla luego de que llegaba de prostituirse. A Nicolás le pareció repulsivo el tema sólo por tratarse de ella y le incomodó reparar que su "Heroína del Puerto" (como solía llamarle en la intimidad) andaba en ese momento en sus actividades de lupanar, mientras ellos se drogaban gracias a su dinero.
Ella regresó más temprano que de costumbre -a eso de las tres o cuatro de la mañana- agotada y con rostro de evidente preocupación... La investigación por la muerte de la hija del dueño del "Blue Blues" aportaba otra cuota de stress a su trabajo y el acoso policial a prostitutas y travestis se había visto intensificado, ya que constituían la mayor fuente de información para aclarar este hecho de sangre que había causado conmoción y el cuestionamiento público a los estamentos de seguridad ciudadana.
Susana venía desde un elegante hotel. Esa era su noche financiada por un solo cliente: una acomodada mujer que no pagaba por sexo, sino por ser cruelmente sometida, escondiendo bajo ese juego de dominación aquellos impulsos lésbicos que ocultaba en el día a día de sostener un matrimonio convencional. El servicio consistía en que la "Sra. Susana" (así era como debía referirse a Sussy durante la sesión) enfundada en látex y con actitud policial simulaba capturar a la mujer y luego de convertirla en algo así como su sirvienta o esclava, la castigaba corporalmente por no implementar correctamente sus órdenes. Si bien finalmente lo disfrutaba, para Susana era un trabajo mucho más agotador que tener sexo con varios hombres en una noche, pero aquel esfuerzo semanal era muy bien recompensado por la masoquista clienta.
